Hoy caminé al lado de mi abuela, alrededor de un lago. Suena sencillo.
Retomemos: Hoy (estoy consciente) caminé (soy saludable) al lado de mi abuela (que todavía vive) alrededor de un lago (a veces no nos damos cuenta lo afortunados que somos).
Me hablaba sobre la vida. Las abuelas tienen el título de autoridad para dar consejos escrito entre las líneas que les rodean la vista. Aunque, en realidad, esta ocasión hablaba más para sí misma que para su nieta torbellino de veinte años. "La vida se pasa volando. Así (guiño de ojos) en un abrir y cerrar de ojos." De pronto recordó que tenía compañía y volvió la cara hacia mí, viéndome con melancolía esperanzada. "Aprovéchala", dijo.
Sus palabras no salieron de lo normal; si hubieran sido escritas por alguien, ninguna editorial hubiera aceptado publicarlas. Y sin embargo, por algo siguen imprimiéndolas en todos los librillos de reflexión que venden en Sanborn´s, Vips y Gandhi (esos con pastas duras y títulos encerrados en cajitas de colores con cenefas). Por alguna razón, hoy siguen dando vueltas -una tras otra- en el huequito de mi cerebro joven y agobiado.
Disfrutar la vida. ¿Quién define algo tan ambiguo? La biofilia varía sus manifestaciones en los diferentes puntos del mapa. Para un mexicano estereotípico bien podría ser tumbarse en un sillón a ver programas de Televisa por el resto de sus días; para un inglés podría ser caminar elegantemente por las calles de la ciudad; para un estadounidense, sentirse parte del American Dream -viviendo una vida económicamente estable, con suficiente dinero en la cuenta para darse gustos de vez en cuando-. Cuando lo intento definir a partir de arquetipos (a los cuales sé bastante engañosos) me resulta más sencillo que definir QUÉ ES PARA MÍ DISFRUTAR LA VIDA. Las preguntas que requieren honestidad con uno mismo son las más difíciles de contestar. No porque tengamos secretos profundos, cubiertos de herrumbre en el fondo de nuestros cajones. Más bien porque no existe una respuesta sencilla.
La paradoja que más me paraliza es pensar que la vida es brevísima, mientras siento que mi vida es eterna. Descubrir el paso del tiempo en uno mismo es un evento que la mayoría enfrenta con reacciones vanidosas (la mujer de cuarenta y siete observándose las arrugas en el espejo) porque la imagen es reflejo de vitalidad en una cultura como la nuestra; otros responden con arrepentimientos sobre cómo vivieron, reflexiones sobre lo que han logrado; pero pocos se dan cuenta de lo esencial: ha pasado tiempo de vida en su carne. Han tenido la oportunidad de experimentar el estar vivos y, por si fuera poco, si están dándose cuenta en ese preciso momento quiere decir que todavía sigue corriendo oxígeno por sus venas, todavía sus células siguen aclamando ¡Ey, es tiempo de vivir!
La conciencia es un privilegio del que todos participamos pero pocos gozamos. El homo sapiens sapiens no es tan común como nos hacen creer los teóricos en sociología. ¡Y qué bueno! ¿Qué sería del planeta con tanto sobrepensador rondando por las calles? Nos comeríamos el cerebro los unos a los otros. Toda sociedad necesita una determinada dosis de señoras tomando café y jóvenes matando neuronas tres días a la semana -nótese el dejo de sarcasmo en mi última frase- El punto es que estar conciente de estar vivo y de la finitud de tu vida es el primer paso para hacer de ella tu mayor proyecto. Pero esa misma conciencia puede ser una barda enorme que bloquee el paso entre tú y vivir.
Retomemos: Hoy (estoy consciente) caminé (soy saludable) al lado de mi abuela (que todavía vive) alrededor de un lago (a veces no nos damos cuenta lo afortunados que somos).
Me hablaba sobre la vida. Las abuelas tienen el título de autoridad para dar consejos escrito entre las líneas que les rodean la vista. Aunque, en realidad, esta ocasión hablaba más para sí misma que para su nieta torbellino de veinte años. "La vida se pasa volando. Así (guiño de ojos) en un abrir y cerrar de ojos." De pronto recordó que tenía compañía y volvió la cara hacia mí, viéndome con melancolía esperanzada. "Aprovéchala", dijo.
Sus palabras no salieron de lo normal; si hubieran sido escritas por alguien, ninguna editorial hubiera aceptado publicarlas. Y sin embargo, por algo siguen imprimiéndolas en todos los librillos de reflexión que venden en Sanborn´s, Vips y Gandhi (esos con pastas duras y títulos encerrados en cajitas de colores con cenefas). Por alguna razón, hoy siguen dando vueltas -una tras otra- en el huequito de mi cerebro joven y agobiado.
Disfrutar la vida. ¿Quién define algo tan ambiguo? La biofilia varía sus manifestaciones en los diferentes puntos del mapa. Para un mexicano estereotípico bien podría ser tumbarse en un sillón a ver programas de Televisa por el resto de sus días; para un inglés podría ser caminar elegantemente por las calles de la ciudad; para un estadounidense, sentirse parte del American Dream -viviendo una vida económicamente estable, con suficiente dinero en la cuenta para darse gustos de vez en cuando-. Cuando lo intento definir a partir de arquetipos (a los cuales sé bastante engañosos) me resulta más sencillo que definir QUÉ ES PARA MÍ DISFRUTAR LA VIDA. Las preguntas que requieren honestidad con uno mismo son las más difíciles de contestar. No porque tengamos secretos profundos, cubiertos de herrumbre en el fondo de nuestros cajones. Más bien porque no existe una respuesta sencilla.
La paradoja que más me paraliza es pensar que la vida es brevísima, mientras siento que mi vida es eterna. Descubrir el paso del tiempo en uno mismo es un evento que la mayoría enfrenta con reacciones vanidosas (la mujer de cuarenta y siete observándose las arrugas en el espejo) porque la imagen es reflejo de vitalidad en una cultura como la nuestra; otros responden con arrepentimientos sobre cómo vivieron, reflexiones sobre lo que han logrado; pero pocos se dan cuenta de lo esencial: ha pasado tiempo de vida en su carne. Han tenido la oportunidad de experimentar el estar vivos y, por si fuera poco, si están dándose cuenta en ese preciso momento quiere decir que todavía sigue corriendo oxígeno por sus venas, todavía sus células siguen aclamando ¡Ey, es tiempo de vivir!
La conciencia es un privilegio del que todos participamos pero pocos gozamos. El homo sapiens sapiens no es tan común como nos hacen creer los teóricos en sociología. ¡Y qué bueno! ¿Qué sería del planeta con tanto sobrepensador rondando por las calles? Nos comeríamos el cerebro los unos a los otros. Toda sociedad necesita una determinada dosis de señoras tomando café y jóvenes matando neuronas tres días a la semana -nótese el dejo de sarcasmo en mi última frase- El punto es que estar conciente de estar vivo y de la finitud de tu vida es el primer paso para hacer de ella tu mayor proyecto. Pero esa misma conciencia puede ser una barda enorme que bloquee el paso entre tú y vivir.

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