REGRESO A TEZOQUIPA 37-11
Soy más grande que las bugambilias fiuscha de las paredes, mis zancadas abarcan ya la mitad de cualquier cuadro -de esos que soñaba cubrir con colchones algún día con tal de no rasparme-. Las dimensiones de todo parecen diferentes, las casas más pequeñas, los árboles más bajos. Llegué y toqué la campana tres veces. Nadie vino a abrirme. La toqué cinco más; entonces vi por la ventana de la caseta el letrero: "No hay portero". ¿Y ahora qué?
Estuve a punto de partir, pero medetuve a los tres pasos. Quiero entrar, no me imporat ser impertinente, jamás me ha importado. Cinco veces y ahora espero. Cuando voltean las mujeres que veo paradas a lo lejos, en el jardín, levanto la mano y las saludo. "¿A qué casa vienes?", me gritan con desconfianza. "¡Viví quince años en la once", digo, como si fueran a sentir algún tipo de nostalgia por mi caso. "¿Marijose?"
Oir tu nombre en una voz conocida, que solía decirlo cuando usabas dos coletitas y cargabas a "Pecas" en tus brazos, hace que sientas las millones de vueltas que han dado las manecillas en tu existencia desde entonces; de pronto sientes cómo se ha expandido tu mundo, mientras que sigues siendo -de algún modo- esa que caminaba por Tezoquipa a la papelería y de regreso, pensando que eso era el universo.
El colorín ya no tiene hojas, ni ramas, lo dejaron podado. Ya no cuelgan de él frijoles mágicos que frotar contra las piedras. Camino hasta la casa número once, hay alguien leyendo en la sala y sobre la pared ¡miles de libros! Pintaron la pared de la terraza en rosa mexicano. El resto sigue igual. Dudo unos instantes pero -obviamente- toco el timbre. Me abren con la cara de interrogación que pondría cualquiera si un extraño tocara a su puerta: son dos sociólogos de la UAM, vestidos con jeans y playeras, cómodos y felices. Se presentaron como Enrique y Marcela Serrano y me dejaron recorrer cada espacio de la casa en que crecí, haciendo esquimos, jugando al "rollo", escuchando música y riendo.
El comedor parece estar a la altura de mis rodillas, recordaba una cocina más grande...sigue tan naranja como siempre. Subo las escaleras (parecen tan cortas), reconozco las recámaras, abro los clósets y camino hasta el baño rosa en que mi mamá me peinaba. Yo chillaba mientras ella me decía: "Para que aprendas princesa que ser bella duele." Entro y me veo al espejo. Ya no soy esa puberta inconforme con su imagen, ya no temo ser vista: hoy me nace sonreír.
Me despido sintiendo cómo se me ensancha el pecho y camino, viendo por última vez mi ruta diaria de cuando era una pinga (todavía lo soy). Justo antes de irme, me detengo.
Brinco la bardita y me trepo al jardín. Ahí siguen los matorrales y bambúes de la esquina, ahí la resbaladilla y los aros multicolor. Me siento en la fuente, manchada hace diez años por mis menjurges de bugambilias y asalias, saco un cuaderno y una pluma y agradezco que a mis veintiun años me guste escribir.
Soy más grande que las bugambilias fiuscha de las paredes, mis zancadas abarcan ya la mitad de cualquier cuadro -de esos que soñaba cubrir con colchones algún día con tal de no rasparme-. Las dimensiones de todo parecen diferentes, las casas más pequeñas, los árboles más bajos. Llegué y toqué la campana tres veces. Nadie vino a abrirme. La toqué cinco más; entonces vi por la ventana de la caseta el letrero: "No hay portero". ¿Y ahora qué?
Estuve a punto de partir, pero medetuve a los tres pasos. Quiero entrar, no me imporat ser impertinente, jamás me ha importado. Cinco veces y ahora espero. Cuando voltean las mujeres que veo paradas a lo lejos, en el jardín, levanto la mano y las saludo. "¿A qué casa vienes?", me gritan con desconfianza. "¡Viví quince años en la once", digo, como si fueran a sentir algún tipo de nostalgia por mi caso. "¿Marijose?"
Oir tu nombre en una voz conocida, que solía decirlo cuando usabas dos coletitas y cargabas a "Pecas" en tus brazos, hace que sientas las millones de vueltas que han dado las manecillas en tu existencia desde entonces; de pronto sientes cómo se ha expandido tu mundo, mientras que sigues siendo -de algún modo- esa que caminaba por Tezoquipa a la papelería y de regreso, pensando que eso era el universo.
El colorín ya no tiene hojas, ni ramas, lo dejaron podado. Ya no cuelgan de él frijoles mágicos que frotar contra las piedras. Camino hasta la casa número once, hay alguien leyendo en la sala y sobre la pared ¡miles de libros! Pintaron la pared de la terraza en rosa mexicano. El resto sigue igual. Dudo unos instantes pero -obviamente- toco el timbre. Me abren con la cara de interrogación que pondría cualquiera si un extraño tocara a su puerta: son dos sociólogos de la UAM, vestidos con jeans y playeras, cómodos y felices. Se presentaron como Enrique y Marcela Serrano y me dejaron recorrer cada espacio de la casa en que crecí, haciendo esquimos, jugando al "rollo", escuchando música y riendo.
El comedor parece estar a la altura de mis rodillas, recordaba una cocina más grande...sigue tan naranja como siempre. Subo las escaleras (parecen tan cortas), reconozco las recámaras, abro los clósets y camino hasta el baño rosa en que mi mamá me peinaba. Yo chillaba mientras ella me decía: "Para que aprendas princesa que ser bella duele." Entro y me veo al espejo. Ya no soy esa puberta inconforme con su imagen, ya no temo ser vista: hoy me nace sonreír.
Me despido sintiendo cómo se me ensancha el pecho y camino, viendo por última vez mi ruta diaria de cuando era una pinga (todavía lo soy). Justo antes de irme, me detengo.
Brinco la bardita y me trepo al jardín. Ahí siguen los matorrales y bambúes de la esquina, ahí la resbaladilla y los aros multicolor. Me siento en la fuente, manchada hace diez años por mis menjurges de bugambilias y asalias, saco un cuaderno y una pluma y agradezco que a mis veintiun años me guste escribir.

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